EL CORREO.- 12 de abril de 2026.- La evaluación del impacto de los programas públicos para incorporar mujeres a sectores tradicionalmente masculinizados, como el industrial, suelen apoyarse en un dato inmediato: número de contratos, volumen de ayudas ejecutadas, porcentaje de indefinidos. Es comprensible; es lo medible. Lo veíamos recientemente tras la presentación del balance del programa Morrokotudak. Reducir el debate a esa foto fija puede llevarnos a una lectura injusta. Porque la incorporación de la mujer a la industria no es cuestión de una acción concreta: es una transformación cultural, y como tal exige continuidad, ajustes y paciencia.
Dicho esto, conviene reconocer lo evidente: cuando la participación es baja o la ejecución presupuestaria no alcanza lo previsto, toca aprender y seguir insistiendo. Hay que simplificar trámites, mejorar la información a las empresas, acompañar mejor a candidatas y medir también lo que a veces no se ve: permanencia, promoción y calidad del empleo generado. No se trata de ‘maquillar’ resultados; se trata de afinar herramientas para que funcionen mejor.
El contexto, además, ha cambiado profundamente. La digitalización ha reescrito la industria: hoy hablamos de talento, datos, automatización y precisión. El viejo mito de la fuerza física -y de la fábrica ‘sucia y ruidosa’- ya no describe la mayoría de plantas competitivas. Y, sobre todo, la industria tiene un propósito social más claro que nunca: descarbonización, energías renovables, economía circular, eficiencia y soberanía tecnológica. No fabricamos solo piezas; fabricamos soluciones para sostener el bienestar y el futuro.
Hay señales objetivas de avance. En el sector de la ingeniería, históricamente masculinizado, la presencia de mujeres crece: en el último estudio conjunto de Euskadi y Navarra, representan ya el 18,29% del colectivo, casi dos puntos más que en 2023. Y también mejora el atractivo del empleo: el primer sueldo bruto medio ronda los 30.000 euros, y la satisfacción laboral es alta. Además, el ‘salario emocional’ cuenta cada vez más: tras la pandemia se han normalizado fórmulas de flexibilidad y trabajo mixto, una palanca clave para la conciliación en perfiles de ingeniería.
Entonces, ¿por qué cuesta? Porque persisten barreras mentales y culturales que no se derriban sólo con incentivos: estereotipos aprendidos desde la infancia, la falsa idea de una ingeniería ‘fría’ o sin propósito, el miedo a ser ‘la única’ en un equipo, la doble exigencia, el síndrome de la impostora o el perfeccionismo que frena candidaturas. Y porque aún existe, en algunos entornos, un techo de cristal más resistente en áreas como producción o mantenimiento.
La buena noticia es que el terreno se está moviendo en la dirección correcta. Cada vez hay más empresas concienciadas -planes de igualdad, equipos diversos, flexibilidad horaria…- y, sobre todo, referentes reales: mujeres ingenieras liderando proyectos, plantas y compañías. Ver a otras llegar cambia lo que una joven cree posible.
Hay muchos agentes implicados en alcanzar el logro. Y desde el Colegio Oficial de Ingeniería Industrial de Álava queremos sumar de forma activa a ese movimiento: mentorías, redes profesionales, orientación, visibilización y conexión con oportunidades.
La fuerza del colectivo reduce el aislamiento y acelera trayectorias. En definitiva, los programas públicos no deben juzgarse sólo por el marcador de corto plazo, sino por su capacidad de sostener una tendencia. Y esa tendencia -con avances y correcciones- ya está en marcha. La industria de Álava y de Euskadi necesita a las mujeres; y las mujeres deben ver, con hechos, que la industria las espera dentro.
Sigamos empujando, todas y todos, con paciencia, con rigor y en positivo. Estamos ante una carrera de fondo.
Kristina Apiñaniz Sáez de Maturana
Decana del Colegio Oficial de Ingeniería Industrial de Álava

