Adamuz y lo que no se ve

La seguridad no se defiende con consignas, sino con consistencia en el mantenimiento y en la gestión de activos

 

ABC – La Tercera.- 3 de febrero de 2026.- Adamuz no es solo un accidente ferroviario, deja una herida humana y una sacudida en la confianza. Quiero empezar expresando mi respeto y cariño hacia las víctimas y sus familias. Y precisamente por ellas, lo responsable es actuar y hablar desde el rigor. En sistemas críticos, el relato no puede adelantarse a la evidencia: la investigación técnica tiene su tiempo y su método, y debemos proteger ese trabajo del ruido, por prudencia y también por eficacia.

Ahora bien, esperar a la última línea del informe no significa permanecer inmóviles. Un país serio es capaz de sostener dos ideas a la vez: no prejuzgar la causa concreta y, al mismo tiempo, reforzar aquello que hace que una red compleja funcione con fiabilidad. Porque lo que nos está recordando este episodio –más allá de lo que concluya la investigación– es algo muy sencillo y, a veces, incómodo: la seguridad no es un estado, es un proceso. Y la fiabilidad no se inaugura, se trabaja.

España ha construido una red ferroviaria extensa y sofisticada. En muchas dimensiones, es un logro colectivo. Precisamente por eso hemos entrado en una fase distinta. Cuando un sistema crece, aumenta su complejidad: cuanto más tráfico y más diversidad de material rodante, más exigencia sobre las infraestructuras, más interdependencias entre tramos y más sensibilidad a cualquier degradación. En ese contexto, la pregunta relevante ya no es solo cuánto se invierte, sino con qué lógica se gobierna el sistema y cómo se traduce ese esfuerzo en resultados que el ciudadano percibe: regularidad y continuidad del servicio, tiempos estables y menos incidencias.

Y es aquí cuando aparece el gran ausente en el debate público: el mantenimiento. El mantenimiento es la pieza silenciosa que hace que todo funcione. No corta cintas, no genera titulares y rara vez invita a hacerse una foto. Y, sin embargo, es lo que evita que el inevitable desgaste termine convirtiéndose en fatalidad. Una red ferroviaria no falla por una sola cosa, falla cuando se alinean pequeñas fragilidades. Un defecto que no se detecta a tiempo, una priorización discutible, una inspección insuficiente, una ventana de mantenimiento mal encajada, una gestión de activos demasiado reactiva. Lo dramático es el final. Lo importante, casi siempre, ocurre antes y en silencio.

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