Berlín, en pleno desmantelamiento de las nucleares y que ha acelerado el proceso de descarbonización de su economía, cuenta con algún as en la manga para minimizar el impacto económico de paralizar el gasoducto

El canciller alemán, Olaf Scholz, ha decidido blandir contra Putin el arma de doble filo del Nord Stream 2 en pleno apagón nuclear de su país. Las tres centrales que operaban en el norte (Brockdorf, Emsland y Gröhnde) dejaron de hacerlo a finales del año pasado y las tres que permanecen operativas en el Sur (Neckarshaim 2, Isar 2 y Gundremingen C) lo harán al término de este ejercicio. En el plano político, el canciller germano cuenta al menos con el aval de la amplia mayoría de fuerzas del Bundestag que dieron el visto bueno al proceso de desmantelamiento de las nucleares –un proceso paulatino que inició Angela Merkel en 2011 a raíz del desastre de Fukushima, en Japón, y que ha llevado a la nuclear a pesar cada vez menos en el mix energético de la locomotora europea-

En realidad, el problema que puede presentársele a Berlín tras su decisión sobre el gasoducto no es tanto político como económico -y eso que en todo momento se ha hablado de una paralización del proyecto, de un paréntesis en su puesta en marcha como respuesta al órdago de Moscú al reconocer la independencia de las regiones separatistas de Donetsk y Lugansk, en el Donbás (Este de Ucrania)-.

Alemania es uno de los grandes consumidores de carbón a nivel global, también ha decidido pisar el acelerador de la descarbonización, de forma que para 2030 el 80% de la energía que consuma en el país proceda de fuentes renovables. Con Rafael Riquelme, experto en Mercados Energéticos del Consejo General de Colegios oficiales de Ingenieros Industriales, reflexionamos sobre el as que Berlín puede guardar en la manga para capear esta crisis, sobre cuáles son los problemas que puede acarrearle

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